La explosión de un camión de Gasco en la comuna de Renca y su trágico resultado de 9 personas fallecidas, volvió a recordarnos una verdad incómoda, cada vehículo que circula con el logo de la empresa es una exposición permanente de la imagen de ella, más aún sin son camiones que transportan elementos peligrosos. Y cuando ocurre un accidente de alto impacto humano, la diferencia entre contener la crisis o amplificarla suele estar en la calidad —y oportunidad— de la respuesta comunicacional.

Desde el punto de vista técnico, Gasco reaccionó dentro de los parámetros básicos esperables. Emitió comunicados oportunos, expresó condolencias, habilitó canales para afectados y manifestó disposición a colaborar con la investigación. En el manual clásico de crisis, estos pasos son necesarios y correctos. Evitan el peor escenario que es el silencio corporativo.

Sin embargo, hoy la opinión pública es más exigente, desconfiada y mucho más emocional. En resumen, cumplir con lo básico ya no es suficiente.

El principal flanco de la respuesta ha sido su carácter excesivamente declarativo y prudente. La comunicación se ha centrado en describir los hechos y en enfatizar que las causas están bajo investigación. Eso es jurídicamente comprensible, pero reputacionalmente insuficiente. En crisis con víctimas fatales, la ciudadanía no solo espera información: espera liderazgo visible, contención humana y señales claras de control del riesgo.

Aquí aparece la primera brecha relevante: la ausencia de una vocería ejecutiva fuerte y empática en terreno. En eventos de esta magnitud, el rostro de la empresa importa. Humaniza, transmite responsabilidad y reduce la distancia emocional con la comunidad. Cuando esa presencia no se percibe, el vacío lo llena la sospecha.

La segunda brecha es más estructural. Hasta ahora, el relato público de la compañía ha puesto más énfasis en la investigación que en las medidas correctivas inmediatas. En sectores como energía y transporte de sustancias peligrosas, la confianza no se construye solo explicando lo ocurrido, sino mostrando —rápidamente— qué se está haciendo para que no vuelva a ocurrir.

Dicho con franqueza profesional: la respuesta de Gasco ha sido correcta en lo formal, pero conservadora en lo estratégico.

¿Está dañada irreversiblemente la reputación? No necesariamente. La empresa aún está en una ventana crítica donde puede fortalecer su posicionamiento si evoluciona desde la reacción hacia el liderazgo activo de la crisis. Eso implica mayor visibilidad ejecutiva, apoyo concreto y verificable a las víctimas, y anuncios tempranos de revisión y fortalecimiento de sus protocolos de seguridad.

Las crisis no se ganan el primer día; se gestionan en la trayectoria.

Para las compañías que operan en entornos de riesgo, la lección es clara: hoy la licencia social para operar no depende solo de cumplir la norma, sino de demostrar —con hechos y comunicación coherente— que la seguridad y las personas están verdaderamente en el centro.

En Periplo Comunicaciones trabajamos precisamente en esa intersección crítica entre operación, reputación y confianza pública. Porque en tiempos de alta exposición, comunicar bien ya no es un accesorio reputacional: es parte del sistema de gestión de riesgos de cualquier organización seria.